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César Cervera

Alejandro Magno sacó el máximo esplendor, gracias a su genio y su carisma, de las armas que durante décadas su padre Filipo II de Macedonia estuvo perfeccionando con la paciencia de un relojero suizo. La fama del primero es universalmente conocida tras conquistar gran parte de Asia, mientras que el progenitor se recuerda más por las circunstancias de su oscura muerte que por sus méritos como gobernante.

Algo parecido ocurrió con Guillermo Federico I y su hijo Federico II. El rígido padre creó las estructuras que convirtieron a Prusia en una mastodonte militar, pero fue, en verdad, el ligero hijo, aborrecido por su progenitor, quien elevó al siguiente nivel la infantería que destrozó a austriacos, rusos y franceses sin la menor piedad a mediados del siglo XVIII. La hormiga puso el trabajo y la cigarra se llevó la corona.

Desde luego no eran ni una hormiga ni una cigarra cualquiera. El padre era un hombre estricto, hipermasculino, dado a brotes coléricos, muy religioso y obsesionado con la milicia; mientras que su hijo heredero era un joven sensible, devoto de las artes, destacado filósofo e historiador avanzado. Estos dos reyes de la dinastía Hohenzollern perfilaron un Estado puntero. En cuestión de un siglo Prusia pasó de ser uno de los territorios más vapuleados y empobrecidos durante la Guerra de los 30 años a alzarse como una de las grandes potencias militares de Europa.

De padre a hijo

El 16 de diciembre de 1740, Federico II condujo un ejército de 27.000 hombres a la conquista de la Silesia Habsburgo. Su enorme éxito frente al Sacro Imperio Romano, hasta entonces intocable para los pequeños reinos alemanes, abrió la puerta de Prusia a la liga de las grandes potencias europeas. El genio militar del Rey de Prusia iba a asombrar a Europa en los siguientes años. Su infantería, incluso en la derrota, siempre lograba retirarse en perfecto orden. Resistían sin titubear cargas de caballería austriacas, la mejor del mundo en ese momento, que a otros ejércitos les resultaban insoportables. Además, su potencia de fuego y disciplina eran superiores al resto de naciones.

El Rey ilustrado por antonomasia era, como explica Christopher Clark en su libro «El Reino de Hierro: auge y caída de Prusia» (la Esfera de los Libros), un entusiasta de de las orden de batalla en oblicuo en vez de la tradicional en frontal. «En vez de aproximarse en formación frontal paralela al enemigo, Federico trataba, si era posible, de girar sus líneas de ataque para que uno de sus extremos, que solía reforzarse con caballería, penetrase en las posiciones enemigas antes que la otra. La idea era arrollar al enemigo a lo largo de sus propias líneas, en vez de asaltarlo directamente».

Para poder llevar a cabo estas complejas maniobras, donde la caballería prusiana también jugaba un papel clave, el monarca ilustrado necesitó una infantería curtida durante varias generaciones. Sin el trabajo previo de su padre hubieran sido imposible obtener ese nivel de maniobrabilidad en territorios quebrados. Guillermo Federico I legó a su odiado hijo, al que mantuvo cautivo una temporada y hasta maltrató físicamente, una infantería de hierro que había reformado hasta los cimientos.

Guillermo Federico alardeaba de que su «único placer» era su ejército. Le gustaba vestir como un militar y observar ejercicios de instrucción por pura diversión. Cuando accedió al trono, Prusia, uno de tantos estados alemanes, contaba con 40.000 hombres de armas. El Monarca logró exprimir su pequeña población hasta obtener, a finales de su vida, un ejército de 80.000 cabezas. Este espectacular aumento lo logró con una campaña de alistamiento forzoso que transformó el país en un estado militarizado.

Un complejo mecanismo de reclutamiento conocido como «sistema de cantones» obligaba, al menos en teoría, al servicio militar del rey a todos los hombres solteros en edad militar de las distintas regiones. Los reclutas recibían un adiestramiento básico y luego podían regresar a sus pueblos, donde quedaban como reservistas hasta su edad de retiro. Esto permitía que la economía pudiera seguir funcionando en tiempos de paz...

En un periodo en el que la mayoría de estados europeos dependían de tropas extranjeras y mercenarios, Prusia podía enrolar a dos tercios de sus tropas entre sus súbditos territoriales. Si bien el país era el decimotercero en población en Europa, su ejército era el cuarto más grande.

Guillermo Federico estaba obsesionado con que su infantería usara el mismo calibre de armas, la misma munición, el mismo diseño de bayoneta, los mismos puñales y hasta las mismas correas para las cartucheras. La homogeneización de sus fuerzas iba de la mano con su otra gran prioridad: la capacidad de moverse al unísono a gran velocidad. Una de las primeras innovaciones que introdujo fueron las rigurosas instrucciones para desfilar. Sus regimientos debían ser capaces de maniobrar por territorios difíciles y garantizar que la potencia de fuego fuera de la mayor eficacia.

La velocidad a la que podían desplazarse los soldados prusianos de un lugar a otro era superior a la de cualquier otra nación. Cargaban a una velocidad de noventa pasos por minutos y, en total orden, reducían hasta los sesenta pasos una vez que se acercaban al enemigo. Mientras los austriacos veían una proeza desplazar, al menos así lo hicieron en cierta ocasión, su ejército 120 kilómetros en solo diez días, el prusiano estaba acostumbrado a recorrer 180 kilómetros en apenas siete días sin que fuera algo excepcional.

«Muros móviles»

Si bien Guillermo Federico mantuvo una estrategia defensiva a lo largo de su reinado, la beligerancia de su hijo demostró las virtudes en materia de disciplina y poder ofensivo de su infantería. En la batalla de Mollwitz (abril de 1741), la caballería y el propio Federico abandonaron en los primeros compases el campo de batalla pensando que los austríacos se habían hecho dueños de la jornada. No opinaba así la infantería prusiana, apiñada en sus líneas, que desconociendo la retirada del Rey avanzó en perfecto orden, «como muros móviles», según un observador austriaco, concentrando su fuego contra la primera línea de infantería enemiga. A pesar de las numerosas bajas, la infantería de Prusia logró imponerse en ese combate y desmontar el bloque austriaco.

Un esquema muy parecido se repitió en la batalla posterior de Chotusitz (mayo de 1742). Tras ser superada la caballería prusiana, la infantería se desplegó con tanto rigor sobre un territorio escarpado que pudo realizar fuego enfilado contra las unidades austriacas más titubeantes. De nuevo, la infantería salvó el día. Solo fue cuestión de tiempo que el talento de estas unidades conjugara con el genio loco de Federico, que a base de tropiezos y aciertos fue curtiéndose en la guerra. Con los años, incluso la caballería prusiana mejoró sus prestaciones y se sumó a esta maquinaría militar perfectamente carburada.

Federico II mantuvo un disciplina extrema entre sus filas. «El soldado debe temer más a sus oficiales que a los peligros a los que se halla expuesto», dejó escrito un hombre que no dudaba en golpear con cañas a los huidos y en disparar a las unidades que no cumplían sus órdenes. Los Hohenzollern promocionaron para vigilar la buena instrucción al cuerpo de oficiales más profesional de Europa. El Rey obligaba a los jóvenes aristócratas a servir como oficiales y a dirigir a sus hombres desde la primera línea. Frente a los despegados aristóratas del ejército francés, los prusianos permanecían pegados a sus regimientos y se encargaban de supervisar, como solían hacer los sargentos, hasta el mínimo detalle en el equipamiento y armamento.

Como recompensa por sus esfuerzos, Federico dio preeminencia a los militares en la jerarquía social del país. Un simple teniente o capitán se situaba socialmente por encima de cualquier alto funcionario civil.

El ocaso, en el peor momento

Federico II era un manojo de virtudes y de visiones adelantadas a su tiempo, pero también un hombre con unos planes poco realistas y con tendencia a culpar a otros de sus fracasos. Su tendencia a arriesgar su posesiones a un todo o nada fue un vicio que le acompañó hasta su vejez. A pesar de que las primeras victorias de su reinado permitieron ampliar Prusia y colocarle entre las grandes potencias, las postreras derrotas en la Guerra de los Siete años desgastaron a su infantería.

Federico lamentó, delante de un enviado británico, que «el ejército que tenía no era tan bueno como el de las campañas de los años anteriores; que una buena parte de sus tropas solo servía para exhirla al enemigo a cierta distancia». La siguiente generación iba a ser todavía menos operativa.

Napoleón dio buena cuenta del desgaste al que sometió Federico II a su ejército. La fuerza prusiana que recibieron Guillermo Federico II y Guillermo Federico III estaba desfasada, dependía en exceso de las fuerzas mercenarias, los oficiales seguían obsesionados con las instrucciones de parada (lo que le convertía, tras las innovaciones napoleónicas, en una fuerza muy rígida) y apenas disponían de francotiradores como los franceses.

Si bien Austria resistió a la vorágines que trajo la Revolución francesa gracias a lo rocoso de su estructura militar, Prusia fue barrida por Napoleón y tratada con desdén por en las mesas diplomáticas. Las armas prusianas no resurgirían de sus cenizas hasta bien avanzado el siglo XIX, cuando su infantería volvería a ganar los mayores elogios durante el periodo de Otto von Bismarck al frente de esta superpotencia.

Fuente: ABC

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