Luis Rivas

Ataques a soldados y policías, atentados contra civiles, bombardeo norteamericano. La vida en Afganistán sigue igual, pocos días después de la firma del acuerdo entre Washington y el grupo terrorista Talibán en Doha (Catar).

Nadie podía esperar que los enfrentamientos concluyeran automáticamente. Nadie puede ser tan ingenuo para pensar que la paz pudiera llegar en un día, después de 19 años de guerra, pero tampoco es muy arriesgado manifestar un escepticismo sin límites a la idea que el acuerdo del Gobierno de Donald Trump y los representantes talibanes sea la panacea que desembocará en la 'normalización' del país, la llegada de la democracia liberal al estilo occidental, y el respeto de los derechos humanos, en especial, el de las mujeres afganas.

Afganistán se convirtió en la base de Al Qaeda tras la victoria talibán en 1996. Desde allí se idearon los atentados del 11 de septiembre de 2001, que provocaron la intervención militar de Estados Unidos y sus aliados. Casi 20 años más tarde, después de 157.000 muertos - 43.000 civiles y 7.000 soldados norteamericanos – (datos la Universidad norteamericana de Brown) Trump quiere cumplir su promesa y conseguir lo que Obama no pudo obtener.

Ese acuerdo, recordemos, estipula que las tropas norteamericanas se retirarán de Afganistán en 14 meses (a mediados de julio serán repatriados 8.600 de los 13.000 instalados en el país), a cambio de ciertas garantías de los talibanes, como el compromiso de participar en un diálogo con el gobierno de Kabul, la reducción de la violencia, "un alto el fuego permanente" y "cortar los lazos con Al Qaeda".

El Gobierno afgano no participó en la firma de Doha y se encuentra, además, debilitado tras la elección en 2019 de Ashraf Ghani, impugnada por su rival, Abdullah Abdullah, que pretende formar un gobierno paralelo y enviar a sus propios representantes a negociar con los islamistas radicales.

Un gobierno sin poder

Los talibanes consideran que el pacto solo les obliga a no atacar a las fuerzas extranjeras y que nada dice de las fuerzas gubernamentales, a cuyos representantes han considerado siempre como "marionetas de Estados Unidos". Las fuerzas de Gahni no controlan ni la mitad de su territorio. Así las cosas, no es extraño que Kabul y los talibanes disintieran a las pocas horas del acuerdo con uno de los puntos negociados por Washington, la liberación de 5.000 talibanes, a cambio de la puesta en libertad de cerca de 1.000 rehenes en manos del "turbante blanco". El gobierno no se siente implicado en ese punto negociado entre los norteamericanos y sus enemigos históricos.

No hay nada previsto en el documento de Doha sobre el control del cumplimiento del acuerdo por parte de los talibanes. Según Mike Pompeo, el Secretario de Estado norteamericano, existen cláusulas secretas en el texto, que solo conocen los legisladores norteamericanos, con el fin de proteger a "nuestros soldados".

A pesar de la advertencia de Trump en el sentido de que "volverían" si no se cumple lo estipulado, ¿hay alguien que crea que el actual mandatario norteamericano pueda ordenar el retorno de sus tropas una vez abandonado Afganistán? En todo caso, todo dependerá de los intereses electorales. El calendario de retirada está dibujado en paralelo a los comicios presidenciales de Estados Unidos.

"Hasta el retorno de un gobierno islámico"

Los talibanes no ocultan su satisfacción y cantan victoria, si bien el sector "diplomático" intenta guardar las formas. En algunas zonas del país, habitantes y talibanes coreaban juntos "la derrota" de Estados Unidos. En otras regiones se instaba a continuar la lucha hasta el retorno de "un gobierno islámico".

Resulta algo patético que Ashraf Gahni y el Secretario de Defensa de Estados Unidos, Mark Esper, se vieran obligados a hacer una declaración conjunta en la que se reafirmaba el compromiso y el apoyo de Washington a las instituciones afganas.

Diplomáticos y militares norteamericanos insisten en que la paz no se conseguirá en poco tiempo. Intentan así calmar a los incrédulos y a los pesimistas. Basta simplemente con ser realista para no dudar de que el caos volverá a ser la norma, la violencia no cederá ante la pompa diplomática y que los talibanes no cejarán en su empeño de recuperar el poder e instalar nuevamente un emirato islámico con la "sharía" como única ley.  Porque saben que no han sido derrotados, a pesar de 19 años de guerra.

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