Tras superar un exigente test psicológico se presenta la primera gran criba para el futuro desactivador de bombas del Ejército en la Academia de Ingenieros militares: la prueba de la caja de madera. Los aspirantes a operadores EOD –siglas del argot militar que responden a «Explosive Ordnance Disposal»– deben tratar de desenmarañar una «trampa» de candados y cerraduras que pondrá a prueba su capacidad de reacción, manipulación y lógica ante situaciones de estrés. No todo el que abre la caja de madera es apto para iniciar el curso; a veces, los elegidos son precisamente los que no la abren pero mostraron mayor aplomo.

He aquí una clave para entender a estos militares especializados en neutralizar bombas, minas, munición y cualquier artefacto explosivo improvisado como son burros-bomba, motos-bomba, cadáveres trampeados con bombas o una garrafa conectada a un detonador y rellena con nitrato amónico y combustible (ejemplos veraces en la guerra de Afganistán). Una especialidad que en el Ejército recibe entre 30 y 50 euros al mes de «sobresueldo». En EE.UU. pueden percibir hasta 1.200 dólares. Obviamente, ningún militar elige especialidad por una cuestión económica.

Son unos 250 artificieros en las Fuerzas Armadas –jefe de equipo EOD (oficial) y operador EOD (suboficial) o de reconocimiento (EOR)–, de los cuales su gran mayoría se encuadran en el Ejército de Tierra, en el arma de ingenieros que data de principios del siglo XVI.

«Ni individualistas ni egos»

«Serenidad, trabajo cooperativo, capacidad de comunicación para trabajar en equipo, que no sean ni individualistas ni egocéntricos, mucha concentración y conocimiento». Este es el perfil que busca el Ejército, según nos ilustra el coronel Rafael Jiménez Sánchez, jefe del Centro Internacional de Desminado de la Academia de Ingenieros situada en el término municipal de la localidad madrileña de Hoyo de Manzanares.

Cualidades todas que reunían los brigadas Antonio Navarro García y Manuel Velasco Román y el sargento José Francisco Prieto González, legionarios muertos el pasado lunes tras una explosión en la base de La Legión en Almería y que se formaron en esta institución militar. Los tres legionarios fueron condecorados por sus acciones de desactivación de explosivos en Afganistán, una guerra que en doce años ha matado a 1.361 militares de la OTAN (el 51 por ciento del total) a consecuencia de los artefactos explosivos improvisados.

Lejos de la imagen ofrecida por el cine de Hollywood, que popularizó esta especialidad militar con la oscarizada «En tierra hostil», los operadores EOD no buscan el cable final para cortar ni tiran de cables para levantar varias bombas conectadas entre sí y denominada «carga del rosario»: «Los protocolos de seguridad están claros. Si primero se puede neutralizar el explosivo en la distancia o con el robot se hace, en el menor tiempo posible y teniendo en cuenta la barrera o escudo protector (traje EOD9, por ejemplo). La aproximación es siempre el último recurso», explica el sargento primero José Antonio Ortiz, natural de Vitoria y con experiencia en tres misiones internacionales.

El capitán Fernando Diego –murciano con experiencia en Líbano y Kosovo– es también instructor de desactivadores. Tras un curso inicial a distancia de once semanas, los militares de carrera deberán afrontar siete meses de formación con clara carga práctica. No todos aprueban al final del trayecto. El lema de la Academia lo dice todo: «Nunc Minerva, postea Palas» («Primero la sabiduría, después la guerra»).

«Lo último ahora es la desactivación a distancia con láser», explica el capitán al tiempo que, paradójicamente, nos instruye en que en Afganistán, tras un periodo de «sofisticación» en los artefactos explosivos improvisados, los terroristas han vuelto a colocar mayormente artefactos muy rudimentarios: plato de presión, batería de moto y una carga de explosivos (peróxidos, ureas o nitratos). Además buscan matar a los desactivadores de bombas. Tal fue el caso de la última víctima española, el sargento David Fernández Ureña, quien perdió la vida al explosionar una bomba trampa que intentaba desactivar.

En una de las vitrinas de la entrada del Centro Internacional de Desminado de la Academia se observan algunos de los «trofeos» desactivados por los militares españoles en misiones en los Balcanes, Afganistán o Líbano: una roca trampa de cartón piedra, minas contracarro TC-6 italianas, una mina contrapersonal de salto Valmara-69 italiana u otra iraní YM-1 son de las más utilizadas en los conflictos modernos; también hay chinas... y las malditas bombas lapa de ETA.

España tiene una dilatada experiencia en la lucha contra todo tipo de artefactos explosivos improvisados (IED, en siglas inglesas). Por ello la OTAN decidió instalar en 2007 su Centro de Excelencia en la lucha contra los IED en el recinto de la Academia de Ingenieros del Ejército de Tierra, operativo desde hace tres años. También se colabora con las fuerzas de orden pública como Guardia Civil, Policía Nacional o cuerpos autonómicos (Ertzaintza o Mossos d’Esquadra) o ejércitos de otros países como Brasil, Colombia, Chile, Honduras o Jordania.

«Fuego, fuego, fuego...». Grita el operador EOD antes de desactivar una bomba emplazada en una práctica. Se utiliza en este caso un cañón de agua para su desactivación. «Poner la vida de uno en peligro para salvar la de los demás. Ese es nuestro trabajo». Así despide el general de brigada Antonio González García, jefe de la Academia de Ingenieros, a unos militares recién licenciados en uno de los cursos impartidos en Hoyo de Manzanares.

Fuente: ABC

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