El número doble, especial y súper extra XL (Julio/Agosto 2013) de Mongolia, medio que se autodefine como ‘revista satírica sin mensaje alguno’, ha causado verdaderos estragos en el entorno de la Casa Real, empezando por el rey Juan Carlos y la Reina Sofía, que ya no saben cómo afrontar todo el escarnio familiar que está produciendo el comportamiento de su yerno Iñaki Urdangarin.

La razón es que, más allá de lo soportado con el procedimiento judicial del ‘caso Nóos’, que bien podría terminar con el Duque de Palma en prisión, la revista Mongolia acaba de publicar un amplio y documentado reportaje titulado ‘Los mails prohibidos de Urdangarín’, piezas que con un lenguaje ciertamente procaz ponen de relieve su infidelidad conyugal, situando a su esposa, la Infanta Cristina, en el nivel más indeseado de la humillación personal.

Se trata de la correspondencia que el impresentable Urdangarin mantenía a través de su dirección de correo electrónico del Instituto Nóos con su amante, sin cara ni nombre en la revista Mongolia, porque en los copias de los e-mails publicados se han tachado la dirección de la otra parte y algunas palabras clave que permitirían corroborar su identidad. Por tanto, es obvio que en el origen de su incautación por parte de la Policía, o en el trámite seguido por la titular del Juzgado de Primera Instancia nº 46 de Barcelona, María del Remei Vergés, para evitar que siete medios de comunicación (entre ellos no se incluía la revista Mongolia) publicaran correos electrónicos relacionados con el Duque de Palma, ya se tenía claro conocimiento de quien era la persona con quien se entretenía sexualmente Urdangarin.

De hecho, y a pesar de esas medidas cautelares, el pasado 23 de mayo José Luis Lobo publicaba una información en ElConfidencial.Com, dando a conocer que Diego Torres había ‘colado’ al juez José Castro, instructor del ‘caso Nóos’, varios e-mails de Iñaki Urdangarin de fuerte contenido sexual intercambiados en 2004 con su amante, desvelando al mismo tiempo que este era Jaume Reguant, un amigo muy cercano de la adolescencia, y con ello la naturaleza homosexual de dicha relación. Aquella información reproducía algunas frases ciertamente obscenas de los e-mails, pero sin las pruebas gráficas de todos ellos que ahora aporta la revista Mongolia.

Sin añadir una sola coma a lo ya publicado por unos y otros, la presunta homosexualidad de Urdangarin, convertiría su caso, si aún admite mayores desventuras, en un folletín de marca mayor. Lo cierto es que, sin ánimo de violentar el derecho a la intimidad del Duque de Palma, sí creemos que  alguien en el entorno de la Casa Real debería analizar las cuatro páginas del escandaloso reportaje que comentamos y, comprobada su veracidad o su falsedad, obrar en consecuencia, tanto en el plano informativo como en el de las relaciones internas en el seno de la Familia Real.

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