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Fui niño de los sesentas, de aquellos que los padres, con todo su cariño, dejaban torrarse al sol de Benidorm mientras se iban a comer su arroz a banda. Que deliciosa vida aquella tipo “día de la marmota”. La piel se nos caía a jirones a todos, año tras año, a la vuelta del verano, pero aquello era lo de menos. La familia era siempre ese refugio sublime, eterno y tremendamente humano, esa estructura sólida donde se nos reían las gracias, se nos alababa a la vez que se forjaba en nosotros una educación en valores, esfuerzo y honra a nuestros padres, antepasados y a España.

Han pasado muchos años. Crece la sabiduría y van sobrando las canas, pero el espíritu que nos inculcaron entonces permanece y nos hace tan fuertes que a veces me pregunto si mi mente se ha enterado de que pasan los años, porque lo que es mi cerebro, nada de nada. El poder de la intención de muchos de nosotros prevalece y nos hace sentirnos veinteañeros. Es a la luz de ese poder infinito que me atrevo a afirmar que es hora de hablar claro y de plantarse. Esta no es nuestra guerra. La Unión Europea sigue, sin pestañear, lo que el binomio angloamericano le dicta, alimentando de armas y atizando el conflicto para hacerlo perdurar. Continúa introduciendo sanciones que sólo pueden destrozar la competitividad de toda la industria europea, ante el resurgir económico y competitivo de Estados Unidos con sus nuevos mercados de exportación y su ahora garantizada venta de armas. Pero también ante el orgullo lógico de Rusia y de todo un pueblo admirable que se ve cada vez más parte dinámica de un conglomerado de potencias emergentes que representan a una mayoría de la población mundial. Ante esta situación, la paz debe imponerse ya en Europa si no queremos sumirnos en ese caos que tanto le atrae a las mentes globalistas pervertidas de Davos.

Me temo que ya no basta con escribir o leer más artículos y divagar mientras todo arde a nuestro alrededor. No crecimos para someternos a amenaza totalitaria alguna, venga de donde venga. España y Europa están en llamas y los españoles no podemos seguir tapándonos los ojos mientras otros escriben nuestro futuro. La Unión Europea muestra, hoy más que nunca, su debilidad más cruenta y, como en el juego de la gallinita ciega, esa Europa que alguna vez fue proyecto ilusionante, da vueltas y más vueltas al ritmo que le dicta un maldito poder unipolar angloamericano en decadencia que se transforma día a día en tumor maligno de la sociedad occidental. El conflicto en Ucrania demuestra claramente que tenemos al enemigo angloamericano en casa y nadie se atreve a hacerle entrar en razón. ¿Nos habremos vuelto cobardes, o es que la estupidez digital ha hecho demasiada mella en nosotros? Porque si no reaccionamos, se nos viene todo a abajo de un plumazo.

Es cada vez más evidente que la hiper-globalización que tan alegremente abrazamos a finales del siglo XX está fracasando. Concentración acelerada de beneficios en grandes conglomerados, desaparición de la clase media y creación de una inmensa bolsa de humanos con salarios cada vez más exiguos, candidatos a renta mínima, o sin esperanza en encontrar trabajo alguno. Es necesario reconsiderar los pilares de nuestro sistema capitalista liberal y repensar la globalización en un mundo que inevitablemente se desplaza hacia la multipolaridad. El nuevo “Bretton Woods” deberá ser algo muy diferente, con una visión más amplia y bajo una óptica de mutuo beneficio entre naciones que no deben considerarse enemigas, sino parte de un todo que debe elevar a los seres humanos del planeta a una vida mejor. Es éste el paso crucial que debemos dar cuanto antes para evitar el caos.

Antes de ese paso crucial, debe darse otro más urgente aún, porque esta sembrando de muerte y desesperanza todo lo que toca. Se trata de la visión unipolar angloamericana en decadencia que desarrolla en occidente una ingeniería social despiadada de manos de sus esbirros globalistas. Estos últimos, carentes de legitimidad democrática alguna, privatizan las instituciones y todo lo público a nivel nacional e internacional. Se trata de una visión que se nos ha impuesto definitivamente a los europeos. Ante el pavor de disentir, de tratar de hacerla más multipolar y sembrar un camino de paz, la asumimos como propia con todas sus nefastas consecuencias.

No vale ya argumentar que nuestra defensa nacional, a través de nuestra pertenencia a la OTAN, se pondría en peligro si no seguimos ese maldito Diktat. La OTAN acaba de sellar en la Cumbre de Madrid su más vergonzosa actuación, llevándonos a declarar definitivamente a Rusia el enemigo número uno, a señalar a China como el siguiente en la cola y a algo que jamás, como economista y hombre libre pensaría que esa organización podría afirmar: que la maquinaria militar de la OTAN intervendrá allá donde los “intereses económicos” de los países miembros se vean amenazados. ¡Bravo!, Esto representa, ni más ni menos, que el fin de la competencia en el sistema capitalista global. Si usted ve que sus productos pierden competencia en algún mercado, pues no se preocupe que la OTAN irá a destruir, asesinar o provocar cambios de régimen manu militari. Está claro que si todos los países, y en particular Rusia y China, hicieran lo mismo, ya habría desaparecido la humanidad. No, los mercados se conquistan con el conocimiento y las ventajas comparativas, no a fuerza de misiles ni de supuestas “exportaciones de democracia” allá donde peligran los mercados. La OTAN fue ideada como maquinaria de defensa de aliados ante agresiones militares externas. Nunca debería haber pasado a considerar el mundo como su jardín particular, ni a convertir las artes bélicas en fuente de competitividad de las naciones.

Paremos esto ya. Bruselas debe cambiar su prioridad y buscar la paz cueste lo que cueste. Si no quiere hacerlo, que sean, una a una, las naciones que la integran las que se levanten e impongan lo que exige su pueblo soberano: paz, crecimiento y bienestar. Estoy convencido de que vale la pena reducir el sometimiento al control angloamericano, si con ello se puede llegar a la paz de la OTAN con Rusia y a un futuro entendimiento en el marco de un nuevo mundo multipolar. Si se mantiene la situación actual de guerra de facto de la OTAN con Rusia, perderemos todos, pero sobre todo Europa. Por el contrario, buscar la paz a toda costa traerá la estabilidad inmediata de los precios de la energía y reducirá la inflación. Europa se salvará y podrá emprender un camino de paz y equilibrio con sus vecinos, y en especial con Rusia, China y África. Su posición geoestratégica así lo exige y su ambición económica tiene ante sí las puertas abiertas al potencial inmenso del futuro mercado euroasiático y de una energía a costes razonables. ¿Rechazaremos esto a cambio de arrodillarnos ante el camino a ninguna parte del tandem angloamericano? Nosotros, el pueblo español y europeo, como hombres y mujeres libres, tenemos la última palabra.

Por Juan Antonio de Castro

 

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