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Nos golpea la noticia del asesinato de Darya Dúgina en un atentado terrorista que, como afirmaba María Zajárova, la portavoz del Kremlin, lleva el sello del SBU ucraniano. El destinatario de la bomba era, probablemente, Aleksandr Dugin, el padre de la joven Dasha, pero la fatalidad quiso que él no se subiera al coche después de un festival al que había acudido con su hija. Es probable que los dos tuvieran planes distintos al acabar la celebración, por eso Darya tomó el auto paterno y Dugin la siguió en el coche de unos amigos. En la carretera que conducía a Moscú, el Toyota de Dasha estalló y se convirtió en una bola de fuego. La hija de Dugin falleció en el acto ante los ojos de su padre.

Esto sucede cuando el Capitolio americano debate si hay que declarar a Rusia un estado “terrorista”. Esto pasa cuando la muy anunciada ofensiva de agosto ucraniana, en la que un millón de soldados iban a recuperar los territorios perdidos en febrero, se ha demostrado un bulo, ha quedado en agua de borrajas, en fanfarronada de cocainómano, en exabrupto tabernario de los gángsters de Kíev.

El asesinato de Darya Dúgina, el bombardeo de la central de Energodar y los ataques a la población civil de Donetsk son los únicos “éxitos” recientes que Ucrania puede exhibir en una guerra que tiene perdida. Mientras, la metódica, lenta y cauta acción de las armas rusas libera cada día una cuadrícula del mapa del Donbass y sangra a las tropas de Zelenski de manera implacable y continua. El ejército ucraniano cada vez se parece más a la Wehrmacht del 44 en vísperas de Bagratión.

Aleksandr Dugin era un blanco fácil, desprotegido y famoso, la víctima ideal para un rufián de la catadura de Zelenski, siempre tan atento al impacto propagandístico. Dugin no pertenece al círculo dirigente de Rusia, por más que la prensa atlantista se empeñe en ello, y es bastante crítico con Putin, pero la caricatura imperante en Occidente de “Rasputín del Kremlin” e “ideólogo” de la campaña de liberación del Donbass lo volvía un blanco perfecto para el histrión que rige los tristes destinos de Ucrania. El FSB ya había desarticulado varios intentos del SBU para asesinar a personajes públicos rusos, el más conocido de los cuales fue el que pretendía acabar con el periodista Vladímir Soloviov; pero la sensación predominante en el interior de Rusia era de seguridad completa: los rusos no tienen conciencia de estar en guerra, la vida cotidiana sigue igual que siempre, sin ningún cambio. Sin embargo, se temía que pudiera pasar algo como lo que sucedió esta noche.

Filósofo, ensayista y geopolítico de fama mundial, Dugin era un objetivo evidente y fácil para el terrorismo ucraniano y es extraño que no se tomara ninguna medida para su protección, como las que se adoptan con un general, un diplomático o un alto cargo. Además, los intelectuales con gran presencia pública siempre han estado en el punto de mira del régimen del Maidán: en abril de 2015, Olés Buziná, un brillante escritor y periodista ucraniano, partidario de mantener los lazos con Rusia, fue secuestrado, torturado y asesinado por los escuadrones de la muerte de Poroshenko; su caso no era sino uno más en una cacería de periodistas y editores “prorrusos” de la que ningún medio occidental se preocupó. El caso de Buziná es célebre por la condición intelectual de la víctima y porque sus asesinos fueron identificados y hasta detenidos, para ser enseguida puestos en libertad por la misma fiscalía que dio carpetazo al proceso por crímenes económicos de Hunter Biden. Ese es el régimen que rige en Kíev y que defienden las democracias liberales de Occidente.

Pero las potencias atlantistas ya son más que veteranas en el uso del terrorismo contra Rusia: en los años 90 Gran Bretaña y Estados Unidos estaban detrás de los atentados de los salafistas chechenos (el idilio de los anglosajones con el extremismo islámico viene de Afganistán, donde nació su criatura predilecta: Al Qaida). Vladímir Putin, al frente de la inteligencia rusa en aquellos años, no sacó las conclusiones necesarias hasta 2007. Nada nuevo bajo el sol: como en Afganistán, en Irak, en Siria y en Libia, América y sus satélites matan, torturan, bombardean y hambrean a sus oponentes, pero los “terroristas” son siempre los otros.

Darya Dúgina ha sido asesinada de una forma especialmente cobarde, que nos recuerda a las bombas lapa de ETA. Desde aquí enviamos nuestro cariño y nuestro pésame a Aleksandr Dugin, pensador al que admiramos, y también hacemos votos para que este crimen no se quede sin una justa retribución.

Por Sertorio

(publicado en El Manifiesto)

 

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