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Resulta siempre sorprendente lo mal que encaja la izquierda las derrotas: en Marinaleda la izquierda se ha movilizado para localizar a los votantes de Vox, en Cádiz la banda de colgaos del “Kichi”, alcalde de la villa”, salió a la calle en actitud no precisamente pacífica, hubo manifestaciones de la izquierda en toda Andalucía y la izquierda nacional española parece encogida por el escalofría que le produce la llegada de una forma de populismo a España. Pablo Iglesias (para la posteridad rebautizado merecidamente como Pablo Mezquitas) a los malos augurios sobre lo que va a suponer para Podemos la hecatombe que se le avecina en las próximas municipales, se le ha añadido el ser escracheado en Barcelona en la demostración más palpable de que quien “crea vientos, genera tempestades”. Pero siempre ha sido así: en 1934, la izquierda española, que había encajado mal la derrota electoral de noviembre de 1933, participó una insurrección armada contra la República (en nombre del “antifascismo”). Así que estas actitudes no son nuevas.

Hemos dicho “antifascismo”. ¿Hasta qué punto el “antifascismo” del que siempre ha hecho gala la izquierda es una consigna oportunista (en la España republicana, el “anti-fascismo” llegó antes que el “fascismo”) o más bien una patología del espíritu (una fijación obsesiva)? A esto último contribuye el hecho de que en 1945 el “fascismo” fue derrotado por las armas y, desde entonces, no ha existido “peligro fascista” propiamente dicho. Obsesionarse por una presencia fantasmal inexistente, es siempre un trastorno: y, oportunismos apartes, eso es lo que le ocurre a la izquierda europea. Vale la pena hacer un repaso sobre los motivos que le han generado esta tara mental.

Pero ¿qué es el fascismo?

Hablando con propiedad, el fascismo fue el movimiento político italiano creado por la fusión realizada por Benito Mussolini, de procedencia socialista, con los futuristas y con los nacionalistas italianos después de la Primera Guerra Mundial y que gobernó Italia durante 20 años, cohabitando con la monarquía de los Saboya y teniendo una prolongación de apenas dos años en la República Social Italiana. Así pues, históricamente, no hubo más fascismo que éste.

Desde el punto de vista de las tipologías políticas se conoce por generalización abusiva como “fascismo” a los movimientos que, en líneas generales, tienen un alto grado de similitudes con el fascismo italiano y en esto entran movimientos muy diversos, todos los cuales tienen como características comunes: nacionalismo, carácter de masas, interclasismo, respuesta al comunismo y voluntad de llevar a la práctica una política social avanzada que pudiera rivalizar con la agitada por la izquierda. Las componentes principales de estos movimientos -presentes en todas las formas de fascismo-, son sectores procedentes de la izquierda, de la burguesía y de los excombatientes de la Gran Guerra. Debemos al profesor Zeev Sternhell un formidable estudio sobre estos movimientos en su libro Ni derechas, ni izquierdas, no traducido en España (del hemos presentado algunos capítulos en la Revista de Historia del Fascismo).

Sternhell afirma que el roce con el poder y el ejercicio del poder, contaminaron al fascismo y lo desviaron de su esencia original. Por tanto, no es en Italia ni en Alemania donde puede estudiarse formas químicamente puras de fascismo, sino en Francia donde éste movimiento no llegó al poder (y por tanto, no rectificó su línea según las componendas necesarias en toda gestión del poder), pero sí tuvo una larga gestación ideológica muy anterior que se inicia con disidentes del socialismo (desde Proudhom a Henry de Man), con la aparición del nacionalismo integral de Maurras, con la “derecha revolucionaria” francesa nacida a finales del XIX y con los llamados “no conformistas de los años 30” (el grupo Ordre Nouveau, la Nouvelle Droite y Esprit). Para Sternhell no hay duda de que el fascismo fue un movimiento político de nuevo cuño, alternativa a la derecha y a la izquierda. Debemos recordar que el esfuerzo de objetividad en Sternhell es todavía más apreciable en la medida en que es de nacionalidad judía y profesor de la universidad de Tel Aviv.

Pero existe una tercera forma de fascismo, que, más que una catalogación política o ideológica supondría un adjetivo de propaganda lanzado contra tal o cual adversario. Se sabe, por ejemplo, que contra más virado a la izquierda está un partido, más amplio considera el espectro “fascista”. Para HB “fascismo” es, desde el PSOE hasta la Falange, pasando por el PP, el PNV y el turista que pasaba por ahí y que no había sido recibido con un aurresku. Antes de la Segunda Guerra Mundial vimos a los estalinistas llamar “social-fascistas” a los partidos socialdemócratas y, por extensión, fascismo sería toda forma de anticomunismo o de actitud de prevención contra el comunismo.

Quienes consideran la primera definición de fascismo (fascismo = Italia) se centran en el análisis histórico rigorista; quienes asumen la segunda (fascismo = movimiento genérico mundial), preferentemente, contemplan los aspectos ideológicos y doctrinales del fascismo. Ambas son posturas razonables que no presuponen una adhesión a los principios del fascismo ni a ninguna organización fascista. Es la tercera opción (fascismo = todo lo que no es lo propio) de la que ha salido el antifascismo entendido como psicopatología, esto es “enfermedad del alma” o “perversión de la mente”.

Si usted es “antifa”, colega, usted tiene un problema

Existe un antifascismo inercial: propio del ciudadano medio que sigue pasivamente la política, no se preocupa ni por adoptar una posición activa –salvo en muy determinadas ocasiones, siempre en episodios de masas– ni por las causas últimas. Dado que los “líderes de opinión” parecen, más o menos antifascistas, él se adhiere a esa corriente general. A fuerza de oír hablar de “fascismo” y de identificarlo con el “mal absoluto”, su falta de energía mental y lo limitado de su capacidad crítica, le lleva a aceptar la consigna atribuida al Gran Hermano: “No pienses, el gran hermano piensa por ti”. Y el Gran Hermano dice que el fascismo es malvado, por tanto, hay que condenarlo. Es una forma de ser antifa, sin ejercer habitualmente como tal. Una parte sustancial de la sociedad está aquejada de esta enfermedad del alma que, en el fondo, no es sino una forma de pereza trasladada al plano de las ideas.

Junto a éste, aparece también el que más nos interesa, el antifascismo visceral: Es el actualmente sostenido por Podemos y por los sectores del radicalismo independentistas y por las ideologías de género: se resume así, “todo lo que no somos nosotros, es fascismo”. El corolario de esta actitud es “no dialogamos con el fascismo”… lo que, implica que nunca están dispuestos a contrastar en público sus opiniones con alguien que no las comparta. Es como si el psicótico que afirma “oír voces”, se negara a reconocer que solamente suenan en su cabeza. Para alguien de Podemos, “facha” es todo aquel que se sitúa a su derecha, desde el PSOE hasta la Falange. Y, fundamentalmente, quien no les ríe las gracias y objeta algo a la legalización del porro, al derecho a la ocupación, a la inmigración masiva o a que la izquierda deje de gestionar los ayuntamientos y las comunidades tras una derrota electoral. Para un independentista, “facha” es todo aquel que no se muestra del todo decidido a meter a un país en la centrifugadora. Alguien que hable castellano en Catalunya es un “facha” y, poco importa, si tiene argumentos suficientes como para negarse a aprender catalán o renunciar voluntariamente a hablarlo. Es “facha” y punto.

La psicopatología del antifascismo

El alma antifascista, hoy, en el siglo XXI, oscila entre el complejo de culpabilidad y la frustración. Un complejo de culpabilidad consiste en albergar la íntima convicción en el subconsciente de que se es culpable de algo (por cualquier motivo: por pensar como un proletario y vivir como un burgués, por sentirse un “rebelde” pero vivir de papá y de mamá) y de no estar en condiciones de superar esa sensación.

Hay un hecho sociológico que vale la pena señalar: la abundancia de “cristianos comprometidos” o de individuos que han recibido una educación cristiana, que pueden encontrarse en ambientes antifascistas. De hecho, todo el independentismo catalanista actual tiene una matriz boy-scout que deriva de órdenes religiosas que en los años 60-90 inspiraron a este movimiento y le imbuyeron valores “cristianos” e independentistas. Los cristianos “comprometidos” han sido educados en la noción de “pecado”. El pecado es una falta por acción, omisión, pensamiento, etc. La noción de pecado y la sensación de imposibilidad a escapar al pecado, induce a un complejo de culpabilidad permanente.

Habitualmente, los complejos de culpabilidad crean un descenso en la autoestima que puede llegar incluso a la depresión o al suicidio. Desde el punto de vista psicológico, es fundamental que quien está aquejado de un complejo de culpabilidad sea capaz de reconocerlo, mucho más que de albergarlo en los corredores más sombríos de su psique. Este tipo de complejos solamente se superan, reconociéndolos y afrontándolos. La vida psicológica sana y normal es incompatible con la existencia de profundos complejos de culpabilidad. El proceso mental con el que la mente se resguarda de los efectos deletéreos de estos complejos es mediante la sublimación de los mismos: “Si, yo soy culpable porque me mato a pajas… si, yo soy culpable porque no hago lo suficiente por los niños del Brasil, sí, yo soy culpable porque el mundo sufre y yo estoy aquí tan contento viviendo de papá y mamá… pero –y aquí viene la sublimación– hay otros que son MAS CULPABLES QUE YO: los fascistas, por ejemplo”. El antifa no reconoce, racional y conscientemente, el problema, simplemente, es su subconsciente el que le genera una capa protectora señalándose a alguien que puede liberarlo de sus culpas, al ser más culpable que él.

Porque, en el fondo de todo antifa, lo que hay es un problema psicológico interior que puede intuirse precisamente por esa actitud que, lejos de ser una “actitud política”, es el reflejo de un bloqueo interior no superado. ¿Qué es un antifa? Muy sencillo: alguien culpable de algo, que ha desterrado ese complejo a las profundidades de su subconsciente y que cubre esa culpabilidad forjando la imagen de alguien más “culpable” que él. Un neurótico extremo, en el mejor de los casos, un maníaco obsesivo, en el peor.

Ernest Milá

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